Capitulo 7

 



7.

 

Aquella mañana de hace treinta y cinco años, Dalia había salido de la Escuela con aquel ejemplar en sus manos. Una inmensa emoción sentía en su corazón, era un cosquilleo que no sabía identificar si era miedo o era la ilusión de saber que muy pronto se titularía.

 

La Escuela Periferia de Derecho se encontraba afuera de la Ciudad de Mexican; en una colonia popular que apestaba a caño, una zona peligrosa dónde existían casas de cartón con techos de lámina, cuyos habitantes eran además de feos, personas pobres. Nadie pensaba que esa escuela perteneciera a la Universidad Nacional y mucho menos, fuera una entidad incorporada a la Facultad Central de Derecho. Nada que ver con el hermoso campus de la Aldea Universitaria. Majestuoso pulmón verde de la gran urbe de Mexican.

 

Cuando llegó aquel escritorio público, luego de pisar la tierra y los baches de aquella avenida sucia, pidió al empleado del puesto, hiciera la transcripción letra por letra de aquella tesis que le mostró. Estaba tan emocionada, que ni siquiera se había fijado el nombre del autor. ¿Quién diablos le importaba conocer el nombre del autor de la obra a quien se le estaría copiando? Su maestra era famosa, influyente, daba clases tanto en la Facultad Central cómo en la Escuela Periferia de Derecho en la que se encontraba. Nadie en el mundo tendría el tiempo de entrar a las bibliotecas de la Universidad para buscar entre los miles de ejemplares, la identidad y exactitud de un trabajo respecto a otro. Además, a ella le urgía titularse. No tendría tiempo para hacer los trámites y soportar los constantes acosos tanto de sus jefes como de sus profesores. Ser bonita había sido la estrella con la que había nacido, sus ojos verdes y su cuerpo hermoso lo que le había permitido ingresar siendo estudiantes a las filas del gobierno.

 

El encargado del escritorio público contó las hojas y con la calculadora de su mesa, hizo el cálculo de lo que le cobraría. Eran 150 cuartillas, de 500 pesos la transcripción de cada foja, le saldría 75 mil pesos su tesis. ¡¿Qué importa lo que le cobrarían?! Su futuro profesional estaría en sus propias manos; se imaginaba ya visualizada con el título y la cedula profesional de Abogada, ya no tendría que soportar por un día más al Licenciado Malthus, el viejo asqueroso Subdelegado de Jurídico y Gobierno de la Delegación Kukulcán que constantemente la acosaba, buscando éste el momento de romper el "turrón".

 

Dalia se imaginaba el momento en que obtendría su cédula profesional, su patente vitalicia para ejercer por siempre la abogacía, sin necesidad de pedir la firma y el permiso de ninguno de sus pretendientes, ni hacerse las simpática con sus jefes.  Visualizaba el futuro que ella se merecía. Jamás volvería a subirse al Tren Subterráneo apretujada de gente que no conociera, así cómo abordar una combi soportando escuchar música para nacos, con el objetivo de recorrer la Ciudad entera para llegar a la Escuela Periférica de Derecho. Nunca más sería vista por ninguna mirada lasciva, lujuriosa; jamás sentiría el "roce" de una mano descuidada que la tocará o inclusive el pene de un imbécil, sobre ninguna parte de su cuerpo.

 

Que importa pagar lo que tenga que pagar. ¡Nadie lo sabrá! Es cuestión de tiempo. Yo terminaré mi carrera profesional, seré abogada y tendré un mejor puesto que el imbécil de mi Jefe a quien ya no aguanto.

 

-       ¿Señorita? - preguntó el tendero - ¿También transcribo el nombre?

 

¿El nombre? ¿Cuál nombre?  ¡Ah el autor de la tesis!  - Eduardo Barrientos González -  Ni sé quién sea esa persona. Borre el nombre. ¡Quítele las dedicatorias también! Ponga en su lugar mi nombre.

 

-       ¿Cuál es su nombre Señorita?

-       Dalia - respondió en un tono altivo - Dalia Espinoza.

 

 La futura Abogada y Ministra Dalia Espinoza Morca.

 

 

 

 

 

 

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