Capitulo 16
16.
La cara de
Eduardo Barrientos cuando salió de la Notaría era inconfundible. Se trataba no
solamente de una persona vieja, enferma, apática, mediocre; sino también, la de
un vendido. Había tenido que aceptar ante la fe del notario, de que él no era
el autor de la tesis profesional que había hecho; tuvo que decir que ese
trabajo correspondía originalmente a su compañera Dalia, quien se había
titulado un año después que él.
-
Fue lo mejor licenciado. - dijo aquel hombre gordo de nombre
Godofredo Godínez, quien tenía la instrucción directa de la Fiscal General,
para “operar” todo.
Vaya
explicación inverosímil. - se decia asimismo Eduardo Barrientos - Oficialmente,
la tesis de Dalia había sido terminada primero en el año 1985, cuando está era
estudiante de sexto semestre de la carrera de Derecho; por lo que él pudo
acceder a dicho trabajo escolar, en 1986, en virtud de que su asesora la
maestra Hortensia, Jefa del Seminario, se le había facilitado, para que pudiera
“conocer como se tenía que redactar un trabajo de tesis”, procediendo este a
copiarla literalmente.
Era desde
luego, una explicación inverosímil, una manera de justificar una situación
notoriamente indefendible. Solo tenía
que aceptar - ya lo había hecho ante el notario - de que él había copiado la
tesis de la hoy Ministra Dalia Espinosa.
Eduardo se
sentía mal. Tenía un ánimo que no podía superar. Lo único bueno que había hecho
en su vida, era haber escrito su tesis profesional, la cual sería plagiada por
una desconocida que a la postre, se convertiría en Ministra de la Corte
Constitucional. ¡La vida no era justa! Porque
siendo el autor de su obra, tuvo que negarla; y porque la persona que
cínicamente le había robado la obra, ni siquiera le había pedido el favor de
retractarse de lo que originalmente él escribió; contrario a ello, era objeto
de toda la protección y las canonjías que podían darle el poder político.
-
Piense lo que va hacer con ese dinerito licenciado. - dijo
aquel hombre gordo de apellido Godínez - es como haberse sacado la lotería.
Si en efecto,
era sacarse la lotería de la manera más cruda y denigrante que pudo haberle
ocurrido. Haberse echado la culpa por algo que no hizo. - ¡Yo si escribí mi
tesis! Fue ella la que me copió, la que sacó provecho de mi trabajo; fue ella y
no yo, quien copió.
Sin embargo,
cuando estuvo frente al Notario, nada dijo. Permaneció callado. Simplemente
llegó a la oficina notarial a firmar los documentos que le pusieron a la vista,
para echarse la culpa: ¡mea la culpa!, ¡mea la culpa!, ¡mea mi maldita culpa!.
Pero qué
importaba eso. El dinero que recibiría por su silencio callaba cualquier
comentario dañino. Piense Usted - decía el gordo de Godínez - lo que va hacer
con ese dinero. Se va poder comprar una casa, un terrenito, algún coche nuevo;
se puede ir a viajar o qué sé yo. Reciba el dinero mi Lic. Recuerde lo que dice
el refrán “Ande usted caliente, ríase la gente”.
Si, pero no
era lo mismo. Eduardo tenía vergüenza, demasiada pena, estaba enojado con él
mismo por su cobardía; y ese malestar emocional únicamente se tiene, cuando uno
adquiere conciencia de la dignidad.
Pero además
la forma en que habían obtenido su voluntad de declarar y “decir verdad”, no
había sido la correcta. Godínez fue a su casa para amenazarlo de que iría a la
cárcel por el delito de abuso sexual. Delito que ni siquiera había cometido,
pero que la Fiscalía podía fabricar con el solo dicho de una mujer.
Pudo haberse
resistido y decir que el gobierno lo presionaba, pero eso le podía costar la
libertad, o vivir un mal momento con su familia. La opción de aceptar el dinero
y aceptar su responsabilidad de “haber copiado” la tesis, había sido su mejor
decisión.
No era
suficiente esa razón. Eduardo simplemente se sentía un cobarde.
Era
preferible sobrevivir a la vergüenza pública de no defender su honor; saberse
“vendido”, a la vergüenza de tener una vida de penurias, carestías, de deseos
incumplidos.
-
No llore Licenciado - dijo Godínez, luego de que lo subiera a
la patrulla para regresarlo a su casa. - Piense que fue la mejor opción. Con
ese dinerito olvídese de sufrimientos y carestías.
-
¿Pero yo dónde quedo?
-
Olvídese de eso, a nadie le importa donde queda.

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