Capitulo 10

 



10.

 

Ser estudiante en la Facultad Central de Derecho en el Campus de la Aldea Universitaria en los años setentas, era una distinción que no todo joven pudiera aspirar. Menos para una mujer cuyo origen social, no correspondía a las clases privilegiadas que gobernaban el país. 

 

Hortensia Ramírez era una de esas estudiantes que siempre prestaba atención a las clases de sus maestros. Brillantes "vacas sagradas", divos de la docencia, distinguidos abogados, algunos de ellos habían sido jueces, diputados, gobernadores y hasta Ministros de la Corte Constitucional de Justicia;  autores de obras publicadas cuyos libros de textos, no solamente circulaban en la nación entera, sino en toda América Latina e inclusive hasta en países europeos. Hortensia Tomaba nota de los apuntes que en clase le dictaban sus admirables maestros y tenía esa sana costumbre de copiar literalmente, uno a uno los artículos de la Ley Nacional del Trabajo.

 

Lo mismo hacía con la Constitución Política y los Tratados Internacionales.  Le encantaba copiar letra a letra los artículos de la ley y hasta cambiaba el color de tinta de rojo a negro o de azul a negro, para diferencias los títulos, capítulos y artículos de la ley.

 

Transcribir las leyes y también los apuntes de sus maestros, pasarlos del cuaderno "en sucio", a su libreta "en limpio",  era una de las actividades que de manera aplicada, siempre hacía diariamente en la biblioteca de la escuela.

 

Algún día tendría la fama y el conocimiento de sus maestros. Llegaría a saber tanto como ellos y hasta escribiría cómo ellos, sus propios libros.

 

Sus apuntes escolares eran parte de su personalidad. Le encantaba tenerlos completos, forrar sus cuadernos y hacer sus respectivas caratulas; utilizar los "giosers" y los marcadores amarillos, para hacer resaltar los títulos y subtítulos.

 

Después su familia con muchos esfuerzos pudo conseguirle una máquina de escribir Olivetti; era una maravilla tener ese aparato en casa. Hortensia descubrió que el papel calca le permitía tener el número de copias necesarias por cada hoja de papel calca que intercambiaba en las hojas blancas.  Sabía perfectamente que por cada hoja de sus apuntes, debían tener por lo menos 59 golpes por renglón y 29 renglones por cada foja.

 

Pero Hortensia no sé sabía inteligente como quisiera ser; no podía comprender o razonar la ley, cómo la exponían sus maestros, cuando estos le impartían clases con exposiciones tan brillantes y elocuentes, que no alcanzaba ella comprender. Solo los escuchaba y suspiraba, no tenía talento para ser como ellos, pero si tenía la habilidad de ordenar cada uno de sus apuntes escolares. Tenía cuadernos por cada materia de la Carrera y su método de aprendizaje de transcribir las leyes, le permitió conocer el Derecho, cómo ningún otro alumno de la Facultad Central de Derecho.

 

No era bonita, pero sí muy simpática, con un fino sentido del humor, una amena para echar relajo y lo mejor de todo, es que era una alumna ordenada; anotaba con precisión las fechas y las tareas; su forma de ser le permitió ganarse la confianza de sus maestros; quienes encontraron en ella el talento de ser la mejor alumna asistente, capaz no solamente de transcribir a máquina los apuntes de clase y entregarles a estos sus respectivas copias, sino también, de llevar la lista del grupo.

 

Hortensia, Hortensia … la mejor alumna de la Facultad; se había logrado ganar la confianza de sus maestros, que fueron ellos quienes la propusieron cómo Ayudante de Profesor; otorgándole la confianza de ingresar al Seminario de Derecho del Trabajo, dónde tendría su primer contacto con las tesis profesionales que escribían sus compañeros para poder titularse.

 

Desde ahí, veía como alumna como sus profesores maltrataba a sus compañeros; regañandolos y hasta en ciertos momentos calificandolos de estúpidos por su pésima redacción, su falta de legibilidad, coherencia y cohesión en los textos que le presentaban. Veía con enojo, cómo los maestros que tanto admiraba, se comportaban pedantes y déspotas, al destrozar las tesis de sus compañeros.

 

Fue testigo de cada acto arbitrario que no puedo tolerar. Muchos de sus amigos, jamás pudieron titularse a causa de la soberbia y prepotencia de sus maestros. Veía con coraje como destazaban las tesis que revisaban o de las que eran sinodales; observaba cómo no les daban cita a los sustentables, o los tenía esperando las horas fuera de sus cubículos para atenderlos cuando se les daba la gana; o no les firmaban los "Vistos Buenos" o simplemente, los destrozaban en sus respectivos exámenes profesionales.

 

Era una experiencia nada agradable ver cómo sus maestros tachaban las páginas de las tesis, otras de plano las rompían. Bastaba encontrar un solo error ortográfico o no estar de acuerdo en la sintaxis de las oraciones de los párrafos, para que los profesores sinodales rechazaran los trabajos.

 

Una hoja corregida implicaba tener que corregir a veces en trabajo entero.

 

Hortensia solo veía y se quedaba callada. Cómo asistente de profesor no podía hacer nada más que callarse y obedecer las instrucciones de sus maestros, pero también jefes de sus seminarios. No podía ayudar a sus compañeros, mucho menos a sus amigas de los acosos que recibían de sus maestros. Solo callaba cómo cómplice de los actos del poder académico impune que ejercían los maestros que alguna vez admiró.

 

Sin embargo, hubo un día que cambió la vida de Hortensia. Un día que tomó una decisión de vida, que si lo volviera a vivir, sin duda alguna lo volvería a decidir.

 

-       Hay una oportunidad de trabajo en la Universidad. - le dijo el doctor Hugo Traven. Reconocido abogado y doctrinario laboralista. - ¿Te interesa?

-       Es para dar clases en la Universidad; pero no es aquí en la Facultad Central.

-       ¿No? . ¿Entonces dónde es?

-       Tendrías que irte a la Escuela Periférica; está muy lejos de aquí, nadie se anima a dar clases en ese lugar tan incomunicado e inhóspito. Ahí podrías ser docente y en una de esas, pudieras obtener la Titularidad y hasta una Plaza de Profesora de Tiempo Completo.

-       Me interesa doctor.

-       ¡Piénsalo bien!  Está muy lejos de aquí, es en la Intendencia de Nezahualpilli; y además tendrías que titularte lo más pronto.

 

 Hortensia se quedó pensando y aunque tenía miedo de lo que eso implicaba, no dudó en aceptar la propuesta. Ella no sería como sus profesores, no sería prepotente, pedante, ni les pondría obstáculos a los alumnos para que pudieran titularse.

 

-       Por supuesto doctor, me interesa. Quiero ser maestra.

-       Estás dispuesta a servir a la Universidad. A entregar tu vida a la docencia.

-       ¡Estoy dispuesta maestro!

 

Entonces Hortensia, busco entre las tesis profesionales resguardadas en el cubículo de la biblioteca, una que le permitiera transcribirla, como si fuera la suya propia.  ¿No estaba plagiando la tesis?. ¡No!. Ella había dado su tiempo a decenas de alumnos para poder ser titular, era una forma de recibir el pago; lo que estaba haciendo Hortensia, era rescatar los párrafos o correcciones que había hecho su trabajo. Estaba copiando, claro que sí, pero no a sus compañeros, se copiaba a sí misma, de todas aquellas tesis profesionales en las cuales había colaborado como correctora y revisora.

 

Todo eso había ocurrido hace cuarenta y cuatros años. 

 

 

 

 

 

 

 

 

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